DESPOBLATS (El problema de la despoblación rural)
Hay asuntos que, de repente, asaltan los titulares y las tertulias con la fuerza de una tormenta de verano, para luego desvanecerse sin ruido, como si nunca hubieran importado. Asoman en el discurso público por puro trámite, para cumplir el expediente, antes de ser devueltos al ostracismo cotidiano.
Estas fotografías fueron tomadas en un pueblo del interior
del norte de Alicante, pero bien podrían retratar la geografía del
olvido de casi cualquier rincón de la Península. Comparten el estigma de
una de las heridas más profundas de nuestro tiempo: la despoblación.
Asistimos, mudos, al desmantelamiento de una sociedad agrícola de
potencial incalculable, y con ella, a la pérdida irreparable de las
costumbres y la identidad de unas tierras que siempre tuvieron su propia
idiosincrasia.
Decía el maestro Cristóbal Hara que la fotografía es
una de las armas más poderosas para divulgar la personalidad de un país.
Imposible no estar de acuerdo. Esta serie —la primera de tres entregas—
no nace con el afán de descubrir un destino al turismo de masas; más
bien al contrario. Hay lugares que merecen ser rescatados del anonimato
para obligar a las instituciones a protegerlos, para exigir que se
preserve la esencia de unas comarcas cada vez más desiertas.
Porque
el abandono de la tierra no es gratuito; se cobra su peaje. La prueba la
sufrimos en 2022, cuando un incendio voraz devoró tres de los valles
con mayor arraigo y tradición del norte alicantino. Una tragedia que no
fue sino el síntoma doloroso de un paisaje desamparado.
La historia se repite en estos valles como un eco lejano pero persistente.
Caminar
hoy por los llamados “Despoblats Moriscos” de la Vall —lugares como la
Queirola, La Roca o la pedanía de Beniaia, cuyos orígenes se hunden en
el siglo XIII— es contemplar las cicatrices de un viejo naufragio. Estos
núcleos, que un día conocieron el auge y el pulso de la vida, iniciaron
su viaje hacia la nada en el siglo XVII con el decreto de expulsión de
los moriscos. Las repoblaciones posteriores buscaron otros rumbos,
dejando que el olvido y la maleza devoraran sus casas.
Hoy, estos
muros caídos gozan de la máxima protección teórica: están catalogados
como Bien de Interés Cultural (BIC). La ley contempla incluso la
expropiación si corren riesgo de desmoronarse. Pero los papeles
administrativos no sostienen las piedras.
Dejados de la mano de las
instituciones, los poblados moriscos se desintegran en silencio, a pesar
de ser la espina dorsal que define este paisaje cultural. El
paralelismo con la situación actual es inevitable: ayer fue un decreto
real; hoy es el abandono y la falta de oportunidades lo que vuelve a
vaciar la tierra. Cambian los siglos, pero el silencio sigue ganando la
partida.

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